Apriétame la mano fuerte

Apriétame la mano fuerte, que aún no he perdido mi miedo a perder,

que Confianza a veces se va de paseo, y se olvida de volver,

que huyo de preferencias y necesito sentir(te) y saber…

que lo que necesitas es rozarme hasta sin querer.

 

Apriétame la mano fuerte y abrázame,

no quiero que sigamos huellas de lo que dejamos en el ayer,

aprendamos juntos que la felicidad no está en el futuro, sino a nuestros pies.

 

Apriétame la mano fuerte y ayúdame a entender,

que lo que duele no es entregarse, sino luchar contra el querer…

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13.

Nos miramos con miedo, con temor a desgastarnos demasiado rápido, con ganas de crear y soñar juntos, sin saber explicarnos lo que pasaba por nuestra mente, pero teniendo claro que deseábamos contárnoslo (aunque lo hacíamos a diario con la mirada…).

  • Y para ti… ¿qué es la felicidad? – me preguntaste.

(Tú, cogiendo mi mano, apretándola levemente. Tú, bajo la imperfecta luz de una vela mientras buscas constelaciones en mi espalda. Perfect Moonshine. Bachata. DisTintos. Conocerte desde siempre pero que hayas llegado hace un rato.)

  • Son momentos, ¿no?, ¿Conoces la campana de Gauss…? Mira, ven, que te lo voy a dibujar… – contesté.

 

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Empapemos el (nuestro) mundo

Me cogiste de la mano y corrimos sin yo saber el destino, cualquiera a tu lado era como estar en Casa.

Y en mitad de la nada nos alcanzó. La Lluvia. Y Tú me abrazaste – fue tan jodidamente reconfortante… porque yo ni siquiera te lo había pedido.

Ahí, nos quedamos ahí durante minutos, empapados, felices.

A lo mejor la lluvia existe para que nos rocemos – o eso nos gusta creernos.

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Promesas.

– ¿A dónde van las cosas que nos prometemos y no cumplimos? – me preguntó mientras las sábanas se alejaban indiscretamente de su cuerpo.

Sólo ella era capaz de embarcarse en pensamientos filosóficos después de hacer el amor, creo que era una de las cosas que me atraía tan profundamente de Martina.

-Quizá saltan de boca en boca hasta que algún valiente e insensato las cumple… o quizás no… – continuó. Era una de sus conversaciones en voz alta, de aquellas que no sabes cómo terminarán. – Por eso yo ya nunca prometo nada.

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Salida de emergencia

Me encanta compartir contigo momentos que, sin prisa, se deshacen del reloj. Que seamos dos piezas de puzles distintos buscando la manera de encajar (cuerpo a cuerpo). Nuestros silencios, donde el miedo tiene razones para aparecer, aunque lo haga entre enredaderas de esperanza.

¿Y tú? Tú me dices que no sabes si somos felices o ignorantes. Y observas. Me observas; para no perderte el momento en el que me encuentre desprovista de fachadas. Punto, set y partido, canturrean tus ojos.

Y yo ya, inevitablemente me rio callada…

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Verde, ámbar y… rojo.

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Vendaval

Una vez escuché que, aunque nos dijeran por dónde iba a soplar el viento sería muy complicado llegar a sortearlo.

¿Y por qué no sólo nos dejamos llevar…?

Mecernos entre el hoy y el mañana rodeados de preciosas confusiones, susurros salvados por segundos en caída libre, buscando un nuevo sitio donde comenzar.

Olvidarnos de los hirientes rincones, donde se acumulan los cristales rotos que no paramos de barrer mientras el sol no deja de quemarnos las pupilas…

Pero grábate en la piel cariño que, si nuestras manos se encuentran en mitad de un voraz huracán, no seré la clase de chica destinada a ser tu mar en calma… sino excitante pero dolorosa electricidad.

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Me dijeron por dónde iba a soplar el viento mañana… y me desligué de todo lo que no necesitaba llevar…

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Tan feliz como entonces…

Éramos quinceañeros, con muchos planes y muy pocas planificaciones, pero la verdad es que nunca fuimos tan felices como en ese momento.

Yo, con miedo a que mis mentiras piadosas no estuviesen bien disimuladas y tú, con ganas de que pudiera mentir más a menudo para correr y escaparme contigo.

Y no canso de repetírmelo. Nunca fuimos tan felices como entonces. De parque en parque, de hora en hora y de beso en beso… hasta que el pitido del tren volvía a separarnos.

¿Pero y qué? Vivíamos en la época en la que un toque era un te echo de menos y donde Messenger eran nuestros piececillos por debajo de la mesa.

Y así crecimos… de examen en examen, de ruptura en reencuentro, de sonrisa a carcajada, de caricias a intenciones.

Hasta que repente, por obra de Dios sabe qué, crecimos; y con nuestra altura también lo hizo nuestro juicio, y cuanto más conocíamos más miedo nos daba todo y menos nos fiábamos de lo fácil que todo había sido hasta ahora.

Empezamos a buscar problemas (o estos a encontrarnos, aún dudo, la verdad), y los trenes, cansados de que los inundara cada día, huyeron entristecidos.

Tú acabaste convirtiéndote en Alguien para alguien, yo, viví experiencias inolvidables de numerosas manos más. Hoy somos felices, en otros mundos, con otros trenes y otros aromas de vida, pero, como ya dije…

Nunca se puede ser tan feliz como quien siente sin miedos, tan feliz como entonces.

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