Promesas.

– ¿A dónde van las cosas que nos prometemos y no cumplimos? – me preguntó mientras las sábanas se alejaban indiscretamente de su cuerpo.

Sólo ella era capaz de embarcarse en pensamientos filosóficos después de hacer el amor, creo que era una de las cosas que me atraía tan profundamente de Martina.

-Quizá saltan de boca en boca hasta que algún valiente e insensato las cumple… o quizás no… – continuó. Era una de sus conversaciones en voz alta, de aquellas que no sabes cómo terminarán. – Por eso yo ya nunca prometo nada.

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Salida de emergencia

Me encanta compartir contigo momentos que, sin prisa, se deshacen del reloj. Que seamos dos piezas de puzles distintos buscando la manera de encajar (cuerpo a cuerpo). Nuestros silencios, donde el miedo tiene razones para aparecer, aunque lo haga entre enredaderas de esperanza.

¿Y tú? Tú me dices que no sabes si somos felices o ignorantes. Y observas. Me observas; para no perderte el momento en el que me encuentre desprovista de fachadas. Punto, set y partido, canturrean tus ojos.

Y yo ya, inevitablemente me rio callada…

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Verde, ámbar y… rojo.

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Vendaval

Una vez escuché que, aunque nos dijeran por dónde iba a soplar el viento sería muy complicado llegar a sortearlo.

¿Y por qué no sólo nos dejamos llevar…?

Mecernos entre el hoy y el mañana rodeados de preciosas confusiones, susurros salvados por segundos en caída libre, buscando un nuevo sitio donde comenzar.

Olvidarnos de los hirientes rincones, donde se acumulan los cristales rotos que no paramos de barrer mientras el sol no deja de quemarnos las pupilas…

Pero grábate en la piel cariño que, si nuestras manos se encuentran en mitad de un voraz huracán, no seré la clase de chica destinada a ser tu mar en calma… sino excitante pero dolorosa electricidad.

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Me dijeron por dónde iba a soplar el viento mañana… y me desligué de todo lo que no necesitaba llevar…

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Tan feliz como entonces…

Éramos quinceañeros, con muchos planes y muy pocas planificaciones, pero la verdad es que nunca fuimos tan felices como en ese momento.

Yo, con miedo a que mis mentiras piadosas no estuviesen bien disimuladas y tú, con ganas de que pudiera mentir más a menudo para correr y escaparme contigo.

Y no canso de repetírmelo. Nunca fuimos tan felices como entonces. De parque en parque, de hora en hora y de beso en beso… hasta que el pitido del tren volvía a separarnos.

¿Pero y qué? Vivíamos en la época en la que un toque era un te echo de menos y donde Messenger eran nuestros piececillos por debajo de la mesa.

Y así crecimos… de examen en examen, de ruptura en reencuentro, de sonrisa a carcajada, de caricias a intenciones.

Hasta que repente, por obra de Dios sabe qué, crecimos; y con nuestra altura también lo hizo nuestro juicio, y cuanto más conocíamos más miedo nos daba todo y menos nos fiábamos de lo fácil que todo había sido hasta ahora.

Empezamos a buscar problemas (o estos a encontrarnos, aún dudo, la verdad), y los trenes, cansados de que los inundara cada día, huyeron entristecidos.

Tú acabaste convirtiéndote en Alguien para alguien, yo, viví experiencias inolvidables de numerosas manos más. Hoy somos felices, en otros mundos, con otros trenes y otros aromas de vida, pero, como ya dije…

Nunca se puede ser tan feliz como quien siente sin miedos, tan feliz como entonces.

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Sé – cuando el amor no se trata de saber.

Sé lo que piensas aunque ya no lo digas a centímetros de mis labios. Sé que evitas pasar al lado de todos nuestros bancos. Sé que me sueñas y lo agridulce que es el despertar. Sé que te mueres por mis palabras pero que nunca más vendrás a buscarlas. Sé que sufres medio en silencio – a veces ni el orgullo es capaz de retenerme entre tus labios – . Sé que te intentas convencer de que yo no soy lo que necesitas para ser feliz – soy una de tantas – iluso de ti… Sé que no entiendes por qué a veces soy como el sol en invierno y otras como la nieve en verano. Sé que seremos pasado y siempre seremos futuro. Pero también sé, que jamás volveremos a vivir el presente.

Es un mal día, no una mala vida – me dijo como excusa al despedirse.

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Pensando(te) en voz alta…

El mundo ha cambiado poco en 23 años, seguimos representando el mapa del mundo de la misma manera; España sigue unida, al menos físicamente, a Europa central; Madrid continua siendo la ciudad que nunca duerme y personas como tú y como yo siguen naciendo día tras día para acabar encontrándose en algún momento de la vida.

Y así sin más sucedió contigo.

De repente, el mundo, tan grande y tan estático, tan impredecible e irónico, puso de manera inesperada a aquel chico delante de mí. Con su cazadora de cuero y adidas desgastadas; con barba de más de tres días y esa sonrisa como invitación a conocernos.

Y todo cambia, descubres lo inevitable que es quererle, lo fácil que es confiar en él, lo llenas de amor sostenido que están nuestras pequeñas discusiones, y las ganas que tienes de empezar a cambiar tu pequeño universo con él. Te das cuenta que de su mano sólo existe el ahora; pero en la mente no vuelves a imaginar un camino en solitario.

Sí, como empecé diciendo, el mundo ha cambiado poco en 23 años… pero ¡ay todo lo que cambiaste el mío en 24…!

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Amor

Brillará tanto como un amanecer reflejado en un mar, de lágrimas.

Como siempre, ilusa de mí, sólo escuché (o quise escuchar) la primera parte de aquel enunciado.

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