Él.

Las dudas acosaban mi mente, como cada día el tren volvía a unirnos, a él y a mí. No recuerdo que día empezó a hablarme, sólo sé que llevaba enamorada de él desde mucho antes.

Hoy yo llegaba tarde, su tren estaba llegando al andén cuando yo ni siquiera había bajado las escaleras, le vi asomarse buscándome con la mirada, aquellos gestos me hacían ser la persona más feliz del mundo, me costaba imaginar que Él me necesitase tanto como le necesitaba yo.

Empecé a correr escaleras mecánicas abajo, rezando porque un traspiés no acabase con la enorme sonrisa que se dibujaba en mi cara estampada contra el suelo, si ya de por sí era patosa, en aquel estado de nervios que me entraba cada vez que le veía lo era más aún.

Las puertas se estaban cerrando cuando su mano me agarró y tiró de mí, acabamos abrazados y riéndonos al fondo del vagón, sentados en el suelo, sin acordarnos de aquel guardia que siempre nos hacía levantarnos cuando nos veía en su paseo diario por los trenes.

Pero como antes dije, las dudas acosaban mi mente, Él era perfecto y yo tenía miedo a que se cansase de mis imperfecciones. Una parte de mí decía que sólo me quería como amiga y cada vez que ese pensamiento cruzaba mi mente mis ojos marrones se tornaban un poquito más negros; luego él hacía alguna tontería que me hacía olvidar aquello y volvía a ser una niña  enamorada deseando que el tiempo se parase cuando su mano rozaba la mía.

–          Felicidades… – me dijo sin mirarme y con aquella sonrisa estúpida que me volvía loca.

–          Pero… si no es mi cumpleaños – dije extrañada por aquella felicitación.

–          Por no caerte digo – respondió mirándome y riéndose.

–          Ja – Ja… tan majo como siempre – contesté haciéndome la enfadada.

Su brazo me rodeó y me empujó contra él y con la otra mano sacó algo envuelto que me puso en la mano y mirándome fijamente a los ojos dijo:

–          Un felicidades siempre tiene un regalo de por medio, así que éste es para ti. La próxima vez que tengas dudas de cuánto significas para mí, mira esta imagen. Eres tú sonriendo, y hasta que esa sonrisa no se borre, yo no dejaré que las dudas vuelvan a pasar por tu mente.

Me puse colorada, odiaba eso de mí, cada vez que no me esperaba algo dos bombillas  rojas hacían que todo aquel que estuviese en un kilómetro a la redonda se enterase de mi nerviosismo. Cogí aquel envoltorio cuadrado y lo abrí…. Un espejo cayó en mis manos y yo…  no pude más que sonreír al verme reflejada en él.

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Acerca de 1prosaenverso

Amante de la comunicación no verbal, de las metáforas y analógias. De decirlo todo sin las palabras adecuadas. Enamorada del amor que no existe.
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